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¿Internet para qué?

Foto de Ma. Luisa Villegas

El siguiente post viene motivado por mi aversión a los supermercados y mi fe ciega en la compra online, lejos de las largas colas y el ir y venir por un pasillo hasta 3 veces para encontrar un bote de mayonesa, por ejemplo.

Escena 1: ¿se puede comprar por Internet?

Digamos que estoy recién llegado a Colombia y uno de los problemas a resolver es hacer la compra. Tras algunas averiguaciones descubro, a través de vagos rumores, que hay dos supermercados que ofrecen un servicio de compra online: Carulla y otro que no citaré su nombre.

Tras descartar el Carulla por caro, entro a la página web del otro que no citaré el nombre para hacer mi compra. Obediente, sigo una a una las instrucciones (difíciles de encontrar) para registrarme como usuario: nombre, dirección, cédula de ciudadanía (¿para qué?), teléfono, edad y un sin fin de etcéteras que incluye como no mi dirección en Bogotá.

Tras un farragoso proceso de registro, finalmente obtengo mi usuario y contraseña y me lanzo (casi sin ganas, admito) a realizar mi gran compra del mes. Tras más de media hora de llenar el “carrito” concluyo satisfecho la elección de mis productos, a pesar de los problemas de usabilidad de la página de este gran supermercado que no citaré su nombre.

Con todo listo, paso a la pasarela de pago: número de tarjeta, fecha de caducidad, bla, bla, bla. Cuando la operación parece llegar a su fin, sorpresa: el supermercado cuyo nombre no voy a citar me dice que solo hacen entregas en Medellín y no en Bogotá.

Tras estar una hora registrándome y eligiendo productos…¿no podrían decirlo antes? Tiempo perdido para mi, reputación y negocio perdido para el supermercado cuyo nombre no citaré.

Escena 2: Ese gran invento llamado teléfono

Soy paciente y me gustan las segundas oportunidades. Vale, descartada la compra por Internet me vi obligado a acudir personalmente al supermercado cuyo nombre no citaré. Amargado y conteniendo lo mejor posible mis traumas me pasé una tarde interminable en esa gran superficie configurando la misma compra que había hecho por Internet inútilmente unos días antes.

Soporté como pude la cola y mientras esperaba no pude resistir a la tentación de acercarme al mostrador de información donde una señorita muy diligente y profesional atendía a las inquietudes de los usuarios. A continuación reproduzco lo que fue una situación real:

– Disculpe señorita, ¿porque ustedes no tienen un servicio de compra por Internet?

– No sé señor, eso es política de la empresa, pero puede hacer la compra por teléfono…..

– ¿Por teléfono? ¿Pero, como es posible recordar nombres y referencias para dictarlas por teléfono?

– Ahh pues no sé señor, eso es cosa suya…

Contrariado, regresé a la fila. Después de meditarlo un rato me fui con mi carrito de nuevo por los pasillos del supermercado cuyo nombre no citaré. Marqué tranquilamente el número de la compra por teléfono:

– ¿Servicio a domicilio en qué puedo ayudarle?

– Si señorita quisiera hacer la compra por teléfono.

– ¿Dígame que cosa sería?

– Pues la verdad muy fácil. Si busca usted en el tercer pasillo del supermercado, encontrará un carrito abandonado y lleno de productos. Quiero todo lo que esté en él.

– ¿Cómo?

– Así como lo oye señorita. Y ¡Ah! si necesita mis datos no tiene sino que consultar mi ficha en Internet. Estoy registrado.

-¿Como así que en Internet?

Ahí ya colgué y me fui a otro supermercado. Es lo que suele hacer la gente en esos casos. O al menos, es lo que deberían hacer.

El querer y no poder de la comunicación 2.0

Dibujo

Me confieso un defensor de los servicios online: hacer la compra, gestionar mi cuenta del banco, contratar servicios, trámites, billetes de avión, etc. En definitiva, todo lo que se pueda gestionar por la Red ahorrando tiempo y desplazamientos innecesarios.

Por eso resulta taaaan frustrante ese querer y no poder de ciertas iniciativas online. Me explico: hace unos días, tenía que viajar a Ecuador y en mi faceta de colombiano descubrí que no podía entrar al país vecino sin un certificado judicial, que en últimas es un papelillo que dice y asegura que uno no tiene cuentas pendientes con la justicia.

Cuando uno está en Colombia sabe de sobra que cualquier trámite burocrático implica hacer colas interminables en oficinas que por alguna razón del destino están ubicadas en un rincón perdido de la ciudad.

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